Por Lic. Sebastián Arágor (*)
China, considerado hoy un “global player” en el contexto internacional, es el actor en torno al cual se articula el reordenamiento económico y comercial de los últimos años.
Se trata de la cuarta economía más grande del mundo, después de EE.UU., Japón y Alemania. Además, juega un papel cada vez más importante en el mantenimiento de equilibrios macroeconómicos globales, financiando, a modo de ejemplo, el déficit de cuenta corriente de EE.UU., que llegó a 805 mil millones de dólares en 2005.
Sin perjuicio de que China se presenta todavía como importante consumidor de materias primas, la sostenida transformación de su estructura exportadora presenta nuevos retos en la medida que está pasando de exportar petróleo crudo y vestimenta, a tecnologías de la información y productos electrónicos.
Paralelamente a esto, la estructura de las exportaciones de América Latina hacia China se destaca por la concentración en recursos naturales y manufacturas basadas en recursos naturales.
Uruguay no es la excepción. El 80% de las exportaciones a China se componen de rubros de bajo valor agregado: soja, cueros curtidos, lana sucia, tops, y pescado congelado. Mientras tanto, las importaciones que se han multiplicado en los últimos 10 años, se componen de rubros intensivos en tecnología o mano de obra, con alto valor agregado: maquinarias, equipos y material eléctrico. Textiles, muebles y juguetes han perdido posiciones.
Sin perjuicio de esto, China depende hoy más de los exportadores de los países de la ALADI como fuente de suministro de productos primarios que de sus vecinos de la ASEAN, sostiene la CEPAL. De todas formas, es inevitable la intensificación de la competencia entre los países, por lo que será necesario adoptar políticas activas en materia de acuerdos comerciales bilaterales o subregionales que permitan obtener los beneficios inherentes a la firma de acuerdos de libre comercio.
Según estimaciones de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de la República, la firma de un TLC con China promovería una expansión de los flujos de comercio entre ambas economías (aumentando 90% las exportaciones y 60% las importaciones).
No obstante esto, se estaría profundizando el intercambio de bienes agropecuarios y la importación de manufacturas de mayor elaboración, aumentando así la tradicional vulnerabilidad de nuestra economía en el contexto internacional.
De cualquier manera, es poco probable imaginar un contexto de este tipo teniendo en cuenta la pobrísima agenda externa del Mercosur, fruto de los intereses de los socios mayores de la región.
Frente a este escenario, intensificar las exportaciones de servicios hacia los principales mercados del mundo, y en particular hacia China, se presenta como una alternativa válida para compensar las debilidades propias de las exportaciones de bajo valor agregado.
Las tecnologías de la información y comunicación, el turismo, los audiovisuales, los servicios logísticos y los servicios profesionales y comerciales (arquitectura, diseño, ingeniería, traducciones, entre otros), son algunos de los subsectores que arrojan experiencias exitosas. Ejemplo de ello es la construcción de la planta de arroz parboild más grande de China diseñada por la empresa uruguaya C.S.I. Ingenieros.
Estos no solo contribuyen a agregar valor al intercambio comercial actual, sino que también generan puestos de trabajos calificados, pagan mejores salarios que el resto de la economía y evitan la fuga de cerebros.
Para llevar esto a cabo resulta imprescindible intensificar la inserción internacional de Uruguay, tener autonomía suficiente para negociar Acuerdos de Libre Comercio, así como multiplicar la firma de Convenios para evitar la doble tributación.
***************