China ha recorrido un tortuoso camino en el siglo XX. Lo inició en pleno ocaso del sistema imperial que había detentado durante miles de años. La República que lo sustituyó, fundada en 1912, se descompuso rápidamente en una guerra civil y el dominio de los “señores de la guerra”.
Tras un par de décadas de conflicto interno se sumó la feroz invasión japonesa en dos fases (1931 y 1937), que arrasó con el país. Con la derrota de Japón por parte de Estados Unidos, China volvió a donde se había quedado: un conflicto definido entre dos bandos, el nacionalista y el comunista.
Aún cuando el primero contaba con todas las ventajas militares, el Partido Comunista de Mao Zedong logró derrotarlo en 1949. Jiang Jieshi, también conocido como Chiang Kai-shek, huyó a Taiwán. Se llevó consigo el reconocimiento político de buena parte del mundo libre.
A partir de ese año se instaló un régimen comunista en la ahora República Popular China. Mao Zedong organizó un sistema colectivista basado en la estatización de la economía. A través de campañas como la de las Cien Flores, el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural, China debió soportar varias décadas de inestabilidad que la mantuvieron alejada del mundo.
Con la muerte en 1976 de Mao llega la era contemporánea de China. Deng Xiaoping, quien asume el poder total en 1978, inicia rápidamente una profunda reforma gubernamental. Gradualmente se expande el derecho a la propiedad, las libertades comerciales, las posibilidades de inversión a extranjeros, la posibilidad de fundar empresas privadas y el comercio exterior. En particular durante la década de 1980, China conoce una explosión económica basada en la industria textil y otras livianas.
Cuando Deng inicia su segunda oleada de reformas en 1992 China se catapulta al estrellato económico internacional. Con crecimientos del PBI real cercanos al 10% durante casi treinta años sostenidos, el país se vuelve una potencia comercial de primer nivel.
Se privatizan empresas estatales y se multiplican las famosas zonas económicas especiales, similares a nuestras zonas francas. China progresa y adopta tecnologías estadounidenses, europeas, coreanas y japonesas que le permiten aumentar la complejidad de sus productos.
Al día de hoy, la industria automotriz autóctona de China, una de las clásicas “pesadas”, está instalándose fuertemente en el mercado –a apenas unas décadas de los humildes inicios con la agricultura descentralizada y los textiles básicos.
Uruguay había optado por reconocer como legítimo al régimen de Jiang Jieshi en Taipei, en vez de al de Beijing. La existencia de la dictadura militar profundizó ese vínculo, que se basaba en un comercio mínimo y sobre todo en intercambios de favores, viajes y votos en foros internacionales.
A la vez que se daban los vertiginosos cambios de Deng en China, los diplomáticos y empresarios uruguayos prestaban atención a este nuevo fenómeno económico.
Históricamente la producción uruguaya se ha valido de forma destacada del comercio exterior para expandir sus horizontes.
El mercado chino representaba un conjunto de más de un millardo de consumidores, así como un origen de productos de bajísimo costo.
El problema era la política exterior que mantenían simultáneamente China y Taiwan: ninguno de los dos admitiría que un tercer país se asociase con ambos gobiernos a la vez. Era necesario que ese país eligiese, y Uruguay no podía ser la excepción.
Con la restauración democrática el debate China-Taiwán se posiciona entre los principales asuntos de la agenda de política exterior. A partir de principios de 1985 se iniciaría un proceso para nada lineal y con diferentes etapas que culminaría con el reconocimiento de la República Popular China en marzo de 1988.
El gobierno de Julio María Sanguinetti entendía la problemática de la existencia de relaciones diplomáticas con Taiwán y reconocía la necesidad de “enmendar” esta situación.
La Cancillería, bajo la dirección de Enrique Iglesias, fue especialmente conciente en cuanto a la cuestión china, impulsando activamente el acercamiento a China continental. La estrategia ideada para efectivizar el reconocimiento de la República Popular como el gobierno legítimo de China –y por lo tanto suspender las relaciones diplomáticas con Taiwán- era establecer una clara relación entre este y los intereses nacionales de Uruguay.
La propuesta fue de carácter esencialmente económico-comercial, desactivando el aspecto ideológico del asunto.
El argumento del gobierno era que para Uruguay sería más beneficioso abrir relaciones con la China de Beijing que mantenerse con Taiwán.
En este marco se realizaron una serie de viajes oficiales a China para estructurar un acuerdo económico que iría de la mano del establecimiento de las relaciones diplomáticas.
En el plano interno la toma de decisiones no fue nada sencilla. La búsqueda de consensos nacionales sería un tema central hasta 1988, lo que demostraba que los intereses taiwaneses permanecían vigentes en distintos grupos de presión nacionales. Aún así, se puede afirmar que, una vez comenzado el proceso, las iniciativas de las autoridades taiwanesas para revertirlo fueron mínimas.
El recorrido se desarrolló a partir de una serie de etapas infranqueables, y algunos obstáculos difíciles de sortear, lo que explica la relativa lentitud para la toma de decisiones. Finalmente, el tres de febrero de 1988 se reconocía oficialmente a China Popular como “la única China”.
Las dos décadas que han pasado desde aquel día han consistido de una profundización de ese hecho. Ururguay y China han comerciado cada vez más.
Mientras que el flujo exportador uruguayo se ha mantenido concentrado en los mismos rubros (lana, cuero y pescado), las exportaciones chinas se han diversificado enormemente.
La avanzada producción industrial y ahora tecnológica de ese país se ha multiplicado, y de hecho ahora es mayor lo que se importa de ahí de lo que se exporta. Más que caer en reflejos mercantilistas, este hecho resulta positivo para Uruguay, ya que introduce mayor competencia y reduce los precios de los productos.
Al día de hoy los temas en la agenda de la relación bilateral refieren sobre todo a la diversificación de las exportaciones uruguayas y a la posibilidad de obtener grandes inversiones de empresas chinas.
De hecho, Uruguay recibió en 2007 una de las primeras, y en un rubro de industria pesada como es el automotriz.
La decisión original de la Administración Sanguinetti probó sus méritos con resultados.
El país en su conjunto se ha beneficiado del comercio expandido entre ambos países.
Además, se han producido numerosos intercambios culturales y de cooperación en diversas áreas, que no se miden tan fácilmente como el comercio pero merecen ser apreciados.
Por último, el comercio uruguayo con Taiwán se ha mantenido estable, por lo que las pérdidas en esa área no resultaron ser un motivo para rechazar la propuesta. Sería meritorio que el comercio entre estos dos países continuase su crecimiento.
(*) Lics. en Estudios Internacionales por la Universidad ORT Uruguay.
Basado en la monografía de grado titulada “La Relación Bilateral Uruguay–China: Desde la Restauración Democrática Hasta el Presente”, en coautoría con Diego Da Ronch.
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